miércoles, 19 de noviembre de 2008

La última pichanga

Cuando era niño, era uno de los que un amigo de la universidad llamaba “antideportivo”. Es decir, le rehuía al deporte en cualquiera de sus representaciones. Corriendo, saltando o pateando o lanzando pelotas. Y las dos horas de Educación Física solo eran excusa para seguir rascándose la panza y burlarse del profesor.

Es por esta razón que siempre miraba recelosamente a mis amigos, cuando apenas sonaba la campana del recreo, salían disparados como cagándose encima, para separar la cancha de fulbito. Todos jugaban fulbito. Solo algunos pavos como yo pululaban por los alrededores buscando algo que hacer, o a alguien a quien gorrear en la cafetería.

Finalmente, uno de esos días caí en cuenta de que casi todos mis amigos jugaban, y que si quería ser incluido en la mancha, también tendría que darle a la pelota. Así que para, saciar la necesidad de inclusión, aprendí a patear la pelota dentro de mis limitaciones. Siempre jugaba de defensa, ya que pateándola reconozco que soy más malo que Hitler, pero metiendo la pata nadie me ganaba.

Finalmente, terminé por quedarme jugando los viernes también con todos hasta las 6 de la tarde cuando la luz ya se iba, en larguisimas, extenuantes y legendarias pichangas. Todos felices. Pero, secretamente, siempre le tuve cierto recelo al fulbito o al fútbol, por “tener” que haber aprendido a jugarlo para poder tener amigos.

Cuando uno crece y ya no necesita (tanto) de esas técnicas para mantener a sus amigos, repasa a aquellas cosas que uno hacía de chico y que ahora de “grande”, uno extraña con una mezcla de vergüenza y nostalgia. Como bailar el meneito, ver la película de Noches de Superestreno de Canal 2, enamorarse de la misma profesora o reírse de los mismos chistes rojos (aunque no los entendiera).

Hace años que no juego más pichanga. La última vez que lo intenté noté que el tiempo no había afectado en nada mi performance: seguía siendo tan malo como siempre. Mis amigos en cambio, habían aumentado sus destrezas a razón de disciplinadas pichangas semanales (en algunos casos, el aumento es directamente proporcional a sus panzas). Esas pichangas semanales que yo tuve que abandonar por entrar a un trabajo que no me dejaba tiempo ni para ir al baño. Debido a esa diferencia de habilidades, me encontraba en el límite de mi capacidad y de impotencia. Finalmente decidí cambiar las zapatillas de fulbito por zapatillas para correr e ir al gimnasio. Total, seguiría viendo a mis amigos los fines de semana.

Ahora que lo reflexiono, probablemente mi recelo hacia el fulbito siempre fue alimentado por mi incapacidad para poder jugarlo. Así como los críticos de cine destrozan a las películas porque son cineastas frustrados, yo también tengo cierto recelo al futbol porque nunca pude hacer ese fantástico gol en el último minuto en la final de Adecore que nunca jugué y levantar la copa de campeón que nunca toqué.
El ignorante

No hay comentarios: