Entre ecuatorianos, mexicanos y colombianos, Carlos Araujo resaltaba, básicamente, por ser peruano. Si para cualquier gringo todos los latinoamericanos somos igualitos, y para todos los latinoamericanos todos los peruanos somos la misma cosa, cualquier peruano que haya visto a Carlos Araujo desde dos cuadras de distancia, podría bien haber dicho: “Ese pata de hecho es peruano”.
Charlie, como le gustaba que lo llamaran, era chato, de 50 años, peinado de cabeza de casco, ni una sola cana, un par de pelos en la supuesta barba, dedos rechonchos, relleno sin llegar a ser obeso y con una ligera cojera en la pierna derecha como exhibiendo una herida de guerra nunca peleada. Cuando hablaba (siempre en exceso), lo hacia como quien masca un chicle, gesticulando y moviendo las manos como jugando charada consigo mismo. Tanto le gustaba hablar, que encontró en mí al trabajador ideal, a alguien tan desesperado que aceptara el poco sueldo que ofrecía y a quien pudiera escuchar durante horas sus exageradas y peruanas historias. Podría haber pasado como uno de los integrantes de La Banda del Choclito, sin problemas.
Atrapado por 6 meses durante el 2001 en el Nueva York pre 11 de setiembre, me había aventurado a viajar ahí a conseguir todo el dinero que pudiera trabajando, literalmente, en lo que sea para poder continuar con mis estudios. Y así fue. Desde casi morir congelado construyendo casas de playa en Long Island, hasta repartir volantes para un chamán colombiano que se hacía llamar “El indio amazónico”. Finalmente terminé en una tienda de video llamada Lima San Carlos, propiedad de Charlie, el peruano más peruano que jamás haya conocido.
Hijo de padres de los que nunca habló, habitante adolescente de La Victoria, emigrante adulto del Bronx. Fue propietario de un equipo de fútbol llamado Lima San Carlos F.C. junto con “el gran Perico León”. Alquiló cines para proyectar partidos de la selección para otros peruanos, ganando bastante dinero durante nuestra época de oro y perdiendo aún más dinero conforme la selección dejaba de anotar goles. Fue dueño de una carnicería donde él mismo cortaba la carne a machetazos. Fue asistente recurrente de las grandes salsotecas de Brooklyn de los 70’s, a donde iba vestido de terno blanco, camisa negra abierta hasta el pecho y una gran cadena de oro para adornar el pecho deshabitado de vellosidad alguna.
En su tienda de video tenía grabados todos los partidos del mundial Francia 98. Absolutamente todos. Y cuando estaba aburrido, él los veía una y otra vez. Hablaba de futbol como quien habla de una filosofía o un estilo de vida. Trabajando con él, aprendí a escuchar de futbol (no a hablar de fútbol, ojo. Sino a escuchar de futbol), ya que de escuchar sus historias una y otra vez sé lo poco que se ahora, y de lo que me hace escribir en este humilde blog.
Una vez me invitó a su casa a ver un partido de Perú por las eliminatorias. Si bien era una casa alquilada, me topé con un pequeño rincón de Lima. Fotos de vidas pasadas colgadas en la pared y cachivaches acumulados, uno sobre otro como buscando su sitio con el tiempo. Juntos, y con sus paisas colombianos, gritamos uno de los pocos goles que Pizarro anotó. Después de insultarlo todo el partido, tuvo que admitir que fue un golazo. Dos semanas antes de regresarme, le regalé el celebre polo de “Te amo Perú” que el Chorri vistió alguna vez. Nunca se lo vi puesto, pero cada vez que me lo imagino, lo visualizo usándolo.
Hoy, 8 años después, no puedo dejar de preguntarme en donde lo agarró el 11-S o si ya habrá cambiado de negocio, y no puedo dejar de comparar sus experiencias con las mías. Como si ahora yo fuera algo como él, y él hubiera sido yo. Como si todo peruano que decida por la emigración esté destinado a vivir coleccionando amigos fugaces e historias, para otro peruano que esté dispuesto a escucharlas.
Charlie, como le gustaba que lo llamaran, era chato, de 50 años, peinado de cabeza de casco, ni una sola cana, un par de pelos en la supuesta barba, dedos rechonchos, relleno sin llegar a ser obeso y con una ligera cojera en la pierna derecha como exhibiendo una herida de guerra nunca peleada. Cuando hablaba (siempre en exceso), lo hacia como quien masca un chicle, gesticulando y moviendo las manos como jugando charada consigo mismo. Tanto le gustaba hablar, que encontró en mí al trabajador ideal, a alguien tan desesperado que aceptara el poco sueldo que ofrecía y a quien pudiera escuchar durante horas sus exageradas y peruanas historias. Podría haber pasado como uno de los integrantes de La Banda del Choclito, sin problemas.
Atrapado por 6 meses durante el 2001 en el Nueva York pre 11 de setiembre, me había aventurado a viajar ahí a conseguir todo el dinero que pudiera trabajando, literalmente, en lo que sea para poder continuar con mis estudios. Y así fue. Desde casi morir congelado construyendo casas de playa en Long Island, hasta repartir volantes para un chamán colombiano que se hacía llamar “El indio amazónico”. Finalmente terminé en una tienda de video llamada Lima San Carlos, propiedad de Charlie, el peruano más peruano que jamás haya conocido.
Hijo de padres de los que nunca habló, habitante adolescente de La Victoria, emigrante adulto del Bronx. Fue propietario de un equipo de fútbol llamado Lima San Carlos F.C. junto con “el gran Perico León”. Alquiló cines para proyectar partidos de la selección para otros peruanos, ganando bastante dinero durante nuestra época de oro y perdiendo aún más dinero conforme la selección dejaba de anotar goles. Fue dueño de una carnicería donde él mismo cortaba la carne a machetazos. Fue asistente recurrente de las grandes salsotecas de Brooklyn de los 70’s, a donde iba vestido de terno blanco, camisa negra abierta hasta el pecho y una gran cadena de oro para adornar el pecho deshabitado de vellosidad alguna.
En su tienda de video tenía grabados todos los partidos del mundial Francia 98. Absolutamente todos. Y cuando estaba aburrido, él los veía una y otra vez. Hablaba de futbol como quien habla de una filosofía o un estilo de vida. Trabajando con él, aprendí a escuchar de futbol (no a hablar de fútbol, ojo. Sino a escuchar de futbol), ya que de escuchar sus historias una y otra vez sé lo poco que se ahora, y de lo que me hace escribir en este humilde blog.
Una vez me invitó a su casa a ver un partido de Perú por las eliminatorias. Si bien era una casa alquilada, me topé con un pequeño rincón de Lima. Fotos de vidas pasadas colgadas en la pared y cachivaches acumulados, uno sobre otro como buscando su sitio con el tiempo. Juntos, y con sus paisas colombianos, gritamos uno de los pocos goles que Pizarro anotó. Después de insultarlo todo el partido, tuvo que admitir que fue un golazo. Dos semanas antes de regresarme, le regalé el celebre polo de “Te amo Perú” que el Chorri vistió alguna vez. Nunca se lo vi puesto, pero cada vez que me lo imagino, lo visualizo usándolo.
Hoy, 8 años después, no puedo dejar de preguntarme en donde lo agarró el 11-S o si ya habrá cambiado de negocio, y no puedo dejar de comparar sus experiencias con las mías. Como si ahora yo fuera algo como él, y él hubiera sido yo. Como si todo peruano que decida por la emigración esté destinado a vivir coleccionando amigos fugaces e historias, para otro peruano que esté dispuesto a escucharlas.
EL (a veces ausente) IGNORANTE
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